Los humanos asocian los cuernos con la infidelidad, pero para otros animales pueden significar mayor probabilidad de sobrevivir o de éxito reproductivo. Esto no es nuevo en la naturaleza. Hace 68 millones de años, aproximadamente, el Triceratops exhibía una cornamenta inusual, a la que debe incluso su nombre: sobre cada ojo, tenía un gran cuerno, de hasta un metro de longitud, y uno más sobre el hocico, de tamaño menor.
Aunque puedan parecer incómodos, la cabeza del Triceratops tenía el volumen suficiente y el diseño adecuado para soportar el peso de sus cuernos. Este atributo le permitía derribar árboles de gran tamaño y comer sus hojas, uno de sus bocadillos preferidos. Así mismo, se cree que servían de adorno para conquistar a las hembras o para defenderse de los depredadores, como el T. rex. ¿Quién podría creer que una presa le ganara a este imponente cazador?
Los paleontólogos suponen que los cuernos del Triceratops influían en cada aspecto de su vida. Por ejemplo, servían para establecer jerarquías de dominancia en la manada, marcar territorios y reconocer a los de su especie.