El Spinosaurio era un comunicador experto. El tamaño por sí solo era un mensaje contundente. Sobrepasaba por dos metros al famoso T. rex y, si hubiesen vivido en el mismo ecosistema, no podría afirmarse cuál de los dos ganaría en una lucha cuerpo a cuerpo.
Su hocico largo y estrecho, con dientes de forma variable —unos cónicos y otros rectos—, le daba una apariencia amenazante. Además, era muy territorial y advertía a los intrusos de su presencia por medio de la orina y el excremento. El Spinosaurio fue un gran nadador y un cazador formidable en el agua. Tenía sensores especializados para detectar movimiento mientras estaba sumergido.
No conforme con el tamaño monumental, este animal contaba con espinas en las vértebras del lomo que se proyectaban hacia arriba y formaban una estructura similar a la vela de un navío. Esto, junto con las crestas que adornaban la cabeza, lo hacían más imponente en el momento de cortejar las hembras y competir por un apareamiento.
El éxito de un Spinosaurio consistía en poder decir, mejor que ningún otro: “Soy el rey del pantano”.